sábado, 3 de abril de 2010

Los zapatos de Don Tomás

Por: Miguel Saludes

LA HABANA, abril 2004(www.cubanet.org) - Hace relativamente poco tiempo el monumento dedicado a José Miguel Gómez estaba en un lastimoso estado de conservación. La estatua de quien fuera segundo presidente de la República de Cuba y general de las tres guerras de independencia, había sido retirada y enviada a dormir un largo sueño de telarañas y polvo. Mientras tanto, las columnas y paredes del complejo arquitectónico eran presa de la imaginación de muchachones trasnochados que a punta de grafitos dejaban inscritos sus nombres, ideales y frases llenas de algún sentido para ellos.

Un día ocurrió algo inusitado. Los letreros negros y de otros colores habían desaparecido. El bloque había sido sometido a un tratamiento de recuperación y conservación y sobre su pedestal, "Tiburón" contemplaba de nuevo con mirada de bronce el panorama unidireccional que desde la altura le permite alcanzar su rígida posición. Buscó al compañero que había corrido similar destino al final de la avenida, muy cerca del mar, pero además de la espalda ecuestre de Calixto García, su vista tropezó con dos nuevas figuras. Una le era desconocida y la otra parecía ser la de Bolívar. Alzó lo más que pudo su metálico cuerpo, pero donde debía estar Don Tomás sólo estaban sus zapatos, incorruptibles (éstos son de bronce) como su dueño. Al parecer, el ilustre bayamés seguía postergado al olvido en algún oscuro almacén de La Habana.

Cuando se cumplió el centenario de la República en el 2002, algunas revistas publicaron artículos referidos a ese magno acontecimiento. Llevaron la vanguardia en ello las publicaciones de la Iglesia Católica. Con justicia y razón, la personalidad de Tomás Estrada Palma ha sido tenida en cuenta, y esta vez no para seguir acumulando imágenes denigrantes y negativas sobre el ilustre patricio.

Siempre recuerdo que cuando se hablaba del primer presidente en nuestras clases de historia de Cuba, en el contenido correspondiente a la llamada seudo República lo que más se destacaba de su quehacer histórico era el entreguismo hacia los norteamericanos, las acusaciones de anexionista y su imposición en la magistratura de la nación por conveniencia del gobierno norteamericano, de quien este hombre -era según el decir de los profesores- una marioneta.

Para aclararme que todo aquello no era del todo cierto tuve la cercanía de mi madre y de otras personas que conocieron mejor aquella etapa. Pero siempre queda un resto para las dudas.

Fernando Figueredo, coronel de nuestras guerras de independencia, nos ofrece en su obra "La Revolución de Yara" otras tonalidades de la semblanza de Don Tomás, que se han ocultado durante años o han sido opacadas por brochazos negros. En la Sexta Conferencia recogida en el libro, el autor refiere aspectos biográficos del patriota oriental que resultan interesantes.

Dice Figueredo que el acaudalado bayamés trataba de comprar cuanto esclavo le era propuesto con el fin de educarle y posibilitarle la unión matrimonial con un esclavo del sexo opuesto, para luego darle trabajo y habitación, conviviendo como en familia. La capacidad adquirida por el estudio de leyes, le permitió desempeñar altos cargos en el cuerpo legislativo de la recién constituida República en Armas. Secretario de Donato Mármol, es enviado a la Convención de Guáimaro en representación de la región oriental, figurando desde entonces en la Cámara de Representantes de la misma y asumiendo la presidencia desde 1876 al 1877.

Sobre esta elección temprana para regir el alto cargo expresa Figueredo: "No obstante la bondad de su carácter y lo apacible de su genio, es un hombre de energía y de pensamientos atrevidos y elevados. Se estimaba como el hombre capaz de aunar todos los pensamientos, como el único que podría hacer que desaparecieran las hondas divisiones que empezaban a echar fuertes raíces en el campo de la lucha". Una anécdota recogida por el oficial mambí y que expresa el elevado costo de su entrega desinteresada a la causa cubana, es la relacionada con la captura por fuerzas españolas de su anciana madre de ochenta años, Candelaria Palma, a quien él llamaba cariñosamente Yaya. Esta heroica mujer acompañó a su hijo a la manigua a pesar de su edad, no teniendo apego a las comodidades que dejó atrás. Apresada, se negó a acompañar a los soldados, por lo que el oficial ordenó a un criollo que la metieran en el bosque y la mataran. Aquél prefirió dejarla abandonada solamente. Tras seis días de vagar por la manigua, Yaya decidió sentarse a esperar la muerte en una roca. Allí la encontró un conocido que se la devolvió al desesperado hijo. El encuentro fue breve, pues según narra el autor, la anciana no pudo soportar tanto esfuerzo y murió en los brazos de Tomás.

Jamás en la escuela se nos leyó tan bella página de entrega amorosa a la Patria.

En un artículo aparecido en la revista Espacios, Andrés Rodríguez nos brinda otras vertientes de la verdad histórica y no la monocorde tantas veces repetida. Con ellas se podrán precisar algunos aspectos que nunca fueron recogidos en los manuales escolares. El trabajo titulado "Ya es hora" pide una vez más la valoración mesurada y a fondo de quien fuera nuestro primer presidente. A continuación describe las tres grandes acusaciones que le han cargado a Estrada Palma sus detractores, y reflexiona sobre el contenido de las mismas.

Resumiendo los argumentos del articulista, ni Don Tomás fue impuesto por los yanquis, ya que el propio Máximo Gómez le trajo de los Estados Unidos para proponerle la presidencia, ni fue un dócil instrumento del poderoso vecino. Simplemente se trata de un hombre que tuvo que llevar las riendas de una nación destruida por treinta años de guerra cruenta y surgida bajo los auspicios de repartos imperiales. A pesar de nacer con limitación en sus libertades, Cuba se recuperó rápidamente de sus graves heridas y en poco menos de sesenta años, tiempo ínfimo en la historia de un país, desarrolló potencialidades que muchas otras naciones no habían conseguido en mayor tiempo y mejores condiciones de vida independiente.

Recorro la avenida G, todavía conocida como "Avenida de los Presidentes". El monumento a Estrada Palma sigue exhibiendo un descuido indigno. Hasta la tarja que lleva su nombre ha desaparecido del lugar. Es como si sobre su memoria se hubiera extendido un decreto de rencoroso castigo por haber asumido la primera presidencia de Cuba y por ese hecho se le carguen a su responsabilidad todos los pecados cometidos por los hombres que han dirigido los destinos de la Isla soberana.

Por el momento, sobre el pedestal permanecen los zapatos del patriota. Por ello, la gente que conoce la historia le llama el monumento a los zapatos. Los indiferentes, que son cada vez un número mayor, ni saben qué es lo que hay sobre el túmulo de mármol.

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Tomás Douglas Estrada Palma (nieto del presidente)
delante de la estatua de su abuelo en la Avenida de
los Presidentes en el Vedado, La Habana en marzo
de 1956. (Foto de la colección de la Universidad de
Miami).

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