sábado, 10 de noviembre de 2012

Menocal, símbolo y ruina de unos conservadores

Mario García Menocal
 
Por Vicente Echerri, publicado en El Nuevo Herald el viernes, 9 de noviembre de 2012.
 
Un tren de honrosas figuras/para Cuba en general/acompañan al caudillo/Mario García Menocal”. Aún me parece oír a un negro viejo que pasaba canturreando con voz aguardientosa frente a la casa de mi infancia –a mediados de los años cincuenta en Trinidad de Cuba– el jingle de la primera campaña de Menocal, de cuyo triunfo, en las elecciones presidenciales del 1 de noviembre de 1912, acaba de cumplirse un siglo.
 
Aunque Estrada Palma, nuestro primer presidente, podría catalogarse de conservador, era la primera vez, en esas elecciones de 1912, que llegaba al poder una organización política con esa denominación. Constituido en 1907, durante la segunda intervención norteamericana, el Partido Conservador Nacional aglutinaba a una serie de notables de la política y del pensamiento: habían confluido en su gestación hombres provenientes del autonomismo, como Rafael Montoro y Eliseo Giberga –que se habían opuesto hasta el último momento a la revolución separatista– y personalidades del independentismo, tales como José Antonio González Lanuza y Cosme de la Torriente. A Enrique José Varona, que en toda la historia de Cuba es uno de los pocos que haya merecido el nombre de filósofo, le habían confiado su dirección.
 
A este partido, que aspira a una república donde impere el orden, la honradez pública y el progreso económico y social, se incorpora, pocos meses después de fundado, Mario García Menocal, uno de los generales más jóvenes del Ejército Libertador, educado en Estados Unidos e individuo de gran personalidad y carisma. Cinco años más tarde, y luego del cuatrienio liberal de José Miguel Gómez –que tiene fama de haber dado pábulo a la corrupción– los conservadores postulan a Menocal con Varona de vice, una fórmula que exuda prestigio y dignidad: nunca en la historia del país la cultura parece más aliada del poder político. Al joven general lo precede una reputación de recto e incorruptible; Varona, por su parte, es una figura venerable.
 
No obstante, el liberalismo sigue siendo una gran fuerza política y su líder, José Miguel Gómez –que no aspira a la reelección– es inmensamente popular. Los conservadores tendrán una oportunidad gracias, sobre todo, a un fraccionamiento que tiene lugar en el campo de los liberales y que sus adversarios aprovechan. El electorado, además –más allá de consideraciones partidarias– parece inclinarse a favor de ese hombre de barba y ademanes distinguidos que ofrece prosperidad y rectitud y quien triunfa limpiamente en los comicios de ese 1 de noviembre de hace cien años.
 
Así se inicia la carrera política de Menocal que, tanto desde el poder como desde la oposición, habría de ser un elemento decisivo en la vida cubana hasta su muerte ocurrida casi tres décadas después. Sin embargo, su carisma, sus poderes de seducción y la vocación autoritaria, que enmascaraban muy bien sus modales de caballero, serían fatales, a corto y largo plazo, para la vida política de Cuba y para el partido que tan auspiciosamente lo había propulsado. Nuestro conservadurismo, a pesar de contar con algunas de las primeras inteligencias del país, no pudo sustraerse a uno de los mayores vicios que han minado a las repúblicas latinoamericanas desde su fundación (y que es endémico en más de medio mundo), el caudillismo: el peligro y la maldición que suele acompañar a los líderes carismáticos.
El Partido Conservador Nacional fue derivando en poco tiempo hacia el partido de un hombre. Cuando el presidente Menocal es reelecto en el año 1916, en unas elecciones alteradas por el fraude y que provocan la llamada “revolución de La Chambelona”, el “menocalismo” ha suplantado casi enteramente a cualquier ideología conservadora.
 
Mario García Menocal sería el primero y último de los presidentes salidos de un partido que tanto prometía. El conservadurismo cubano, tutelado por él, se iría volviendo una caricatura de sí mismo hasta terminar por desaparecer, produciendo, de paso, por su ausencia, un desequilibrio político que no es ajeno a la catástrofe que nos traería el castrismo muchos años más tarde. Menocal mismo, sin embargo, no perdió vigencia y, si bien nunca más volvió al poder luego de abandonar la presidencia en 1921, fue un árbitro de la política cubana hasta el final. Más de una década después de su muerte, todavía aquel borrachito que pasaba por casa se hacía eco –con el coro de una rumba– de aquellas elecciones que lo habían convertido hacía mucho en una emoción popular: “ pero que viva Mario/que viva Mario/que viva Mario Menocal/conservadores voten por él
 
© Echerri 2012

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